Lunes 02 de Marzo, 2026
Muchas veces no nos damos cuenta de que estamos siendo controlados por recuerdos inconscientes de nuestra niñez. La manera en que crecimos y nuestro contexto, influyen poderosamente en nosotros. Éramos niños viviendo entre gigantes (adultos), con sus propios traumas y vivencias. Es muy probable que nos hayan dicho cosas que terminamos creyendo hasta el día de hoy.
Nuestro cerebro está constantemente haciendo conexiones, asociando recuerdos y personas con vivencias, sin que lo notemos. Por ejemplo, si veo una naranja, esta se conecta con redes neuronales vinculadas al color naranja, su forma redonda, el jugo, los gajos, un pastel de naranja y todas las experiencias que he tenido con esa fruta. Si alguna vez comí algo con naranja y me cayó mal, es probable que la rechace. Por esa razón, debemos tener en cuenta que algunas decisiones o comportamientos no se basan en lo que está sucediendo ahora, sino que son una reacción a recuerdos del pasado. ¿Te ha pasado estar con alguien que reacciona exageradamente ante una situación, ya sea preocupándose demasiado o enojándose por algo que, para nosotros, tal vez no tenía mucha importancia? Aunque la persona no sea consciente, es probable que no esté actuando por el suceso recién ocurrido, sino reaccionando a una experiencia pasada.
Los recuerdos no procesados muchas veces interfieren en nuestro presente, haciéndonos mirar la situación con los lentes equivocados. Nuestras reacciones suelen ser automáticas y, en muchos casos, responden a heridas o situaciones que no hemos resuelto en nuestro interior. Cuando esto ocurre, mi pasado está decidiendo. En cambio, cuando acciono, mi presente elige. Cuando entregamos nuestra vida a Cristo, Él hace nuevas todas las cosas, y esa es una verdad. Sin embargo, a veces sentimos que, si Jesús vive en nosotros, ya no deberíamos luchar con ciertos recuerdos o problemas. Entonces decidimos guardar bajo llave esas memorias. Pero aún están allí. Necesitamos permitir que el Señor ilumine esos lugares oscuros y que Su aceite, Su bálsamo, sane nuestras heridas para que podamos ser verdaderamente libres.
Quienes manejan saben que el “punto ciego” es esa zona alrededor del auto que no se ve ni por el espejo retrovisor ni por los espejos laterales. Aunque mires al frente y revises los espejos, hay un pequeño espacio a los costados donde puede haber otro vehículo sin que lo veas. Por eso se recomienda hacer el “chequeo de hombro” antes de cambiar de carril. De la misma manera, muchas veces tenemos puntos ciegos en nuestra vida que nosotros no podemos ver, pero otros sí. En ocasiones creemos que reaccionamos por lo que está pasando ahora, pero en realidad lo hacemos desde una herida, un miedo o creencias limitantes. Es como cambiar de carril sin mirar por sobre el hombro y luego preguntarnos por qué chocamos. Hay zonas en nuestra vida que no podemos ver: malas actitudes, reacciones que justificamos, temores que enmascaramos bajo “prudencia”, orgullo que llamamos “seguridad”, control que disfrazamos de “responsabilidad”. Cuando no reconocemos esos puntos ciegos, repetimos errores, culpamos a otros, usamos mecanismos de defensa para protegernos y nos volvemos inflexibles, sin permitir corrección. El orgullo es uno de los puntos ciegos más peligrosos, porque nos convence de que vamos bien y de que estamos viendo con claridad.
¿Cómo podemos accionar en vez de reaccionar?
● Escuchar consejo.
● Aceptar corrección.
● Preguntar antes de defendernos.
● Permitir que Dios confronte lo que nos incomoda.
Esto no es debilidad; es madurez. Cuando reacciono, mi pasado decide. Cuando acciono, mi presente elige.
“Por tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación.
¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”
2 Corintios 5:17
Oración
Señor, ayúdame a ver mis puntos ciegos, aquello que no puedo percibir. Muéstrame qué hay detrás de mis reacciones, aquello que me hace perder la paz o actuar impulsivamente. Ayúdame a accionar en el presente desde lo nuevo, y no desde viejas creencias o vivencias. Ilumina esos puntos ciegos que no logro ver y dame la humildad para aceptar lo que Tú me muestras. En Tu poderoso nombre, amén.