Lunes 17 de Agosto, 2026

“Sana a los de corazón quebrantado y venda sus heridas.”
 Salmo 147:3 (NVI)

El trauma surge cuando el impacto de una experiencia desborda los recursos con los que contamos para afrontar determinada situación. Frente al malestar y al dolor, solemos desplegar diferentes estrategias para poder seguir adelante. Algunas nos ayudan, pero otras simplemente nos permiten sobrevivir en ese momento.

El trauma puede generar creencias erróneas sobre nosotros mismos, sobre los demás, e incluso sobre el mundo que nos rodea. Otras veces, se encuentra asociado con una profunda sensación de desamparo. Cuando perdemos la sensación de seguridad, comenzamos a replantearnos muchas cosas de nuestra vida.

El trauma no es solamente lo que sucedió; también tiene que ver con las consecuencias que aquello dejó en nosotros.

Nuestro cuerpo puede reaccionar ante una amenaza de manera automática: luchando, huyendo o quedándose paralizado. En esos momentos, el cerebro prioriza la supervivencia y disminuye temporalmente algunos procesos relacionados con el córtex prefrontal. Por eso, cuando vivimos bajo un estado de amenaza o estrés persistente, pueden verse afectadas funciones como la concentración, el aprendizaje, la planificación y la motivación.

Muchas veces no queremos recordar situaciones o personas que nos lastimaron. No queremos abrir ese “archivo” donde sabemos que se encuentra el dolor. Y así vamos cargando nuestra mochila. Ponemos dentro recuerdos, pérdidas, palabras que nos hirieron, situaciones de abandono, rechazo, humillación o experiencias que nunca pudimos procesar. Cerramos la mochila y seguimos caminando, pensando que, si no volvemos a mirar lo que hay dentro, desaparecerá. Pero no recordar no siempre significa haber sanado.

Cuando nuestra mochila se va llenando de situaciones vividas y no procesadas, ese peso puede comenzar a manifestarse de diferentes maneras. Podemos volvernos demasiado exigentes con nosotros mismos, tener dificultades para recibir un halago, procrastinar, sabotearnos, trabajar demasiado, dormir mal, comer de manera poco saludable o tener dificultades para establecer relaciones sanas.

Quizás no sintamos un sufrimiento intenso todos los días. Tal vez simplemente seamos perfeccionistas, vivamos frustrados en determinadas áreas, nos cueste encontrar relaciones saludables o estemos ligeramente tristes durante mucho tiempo.

Pero la pregunta es: ¿vale la pena vivir así?

Una de las características del trauma es que determinados recuerdos o estímulos pueden hacer que nuestro sistema reaccione como si el peligro todavía estuviera presente. Es como si una parte de nuestra historia hubiera quedado congelada en el tiempo. Por eso podemos permanecer en modo de alerta, supervivencia y dolor aun cuando aquella situación ya terminó.

Con el tiempo, podemos comenzar a mirar la vida a través de esos lentes empañados. Todo lo interpretamos desde la óptica de aquello que vivimos y, sin darnos cuenta, podemos caer nuevamente en relaciones poco saludables, sabotearnos o desarrollar maneras de vivir que intentan calmar temporalmente aquello que todavía duele.

Incluso la forma en que nos hablamos y nos tratamos a nosotros mismos muchas veces está relacionada con la manera en que fuimos tratados por nuestros padres o figuras de referencia. Por ejemplo, si nuestros padres fueron excesivamente exigentes, es posible que de adultos también nos autoexijamos demasiado.

Por eso, sería bueno detenernos y preguntarnos:

¿Cómo me hablo cuando algo no sale como esperaba?
¿Qué me digo cuando cometo un error?
¿Me trato con misericordia o continúo repitiendo las mismas palabras que alguna vez me hirieron?

¿Podemos seguir llevando esa mochila llena de recuerdos dolorosos? Sí, podemos hacerlo. Pero probablemente lo hagamos con un peso, un malestar y unas limitaciones que Dios nunca quiso que lleváramos solos. Jesús hizo una invitación extraordinaria:

“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso.”
 Mateo 11:28 (NVI)

Dios no nos pide que neguemos nuestra historia. Aceptar que hemos pasado por un trauma no significa estar de acuerdo con lo que nos sucedió, justificar a quien nos hizo daño o decir que aquello estuvo bien. Aceptar significa reconocer: “Esto sucedió, forma parte de mi historia, no puedo cambiar lo que ocurrió, pero aquello que ocurrió no tiene por qué seguir gobernando mi presente”.

Hoy podemos mirar aquella experiencia desde otro lugar. Ya no somos aquella persona indefensa que vivió aquel acontecimiento. Hoy contamos con nuevos recursos, nuevas herramientas y, sobre todo, no estamos solos: Dios está con nosotros.

“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los de espíritu abatido.”
Salmo 34:18 (NVI)

Actualmente existen diferentes abordajes psicológicos que pueden ayudarnos a procesar experiencias traumáticas. Buscar ayuda profesional también puede formar parte del proceso de sanidad. Como cristianos, sabemos además que podemos llevar nuestras heridas delante de Dios.

Hay lugares de nuestro corazón que hemos mantenido cerrados durante años porque abrirlos duele. Sin embargo, Dios ya conoce lo que hay detrás de esa puerta. No tenemos que esconderlo de Él. Solo debemos dejar que el Señor entre y sane ese dolor. Por eso es importante reconocerlo y llevarlo a los pies del Señor.

En oración podemos contarle al Señor lo que ocurrió, lo que sentimos y lo que quizás nunca pudimos decirle a nadie. Podemos llorar lo que tengamos que llorar, entregarle ese dolor y permitir que el Espíritu Santo traiga consuelo a aquellas áreas heridas. La Biblia dice:

“Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.”
 Juan 8:32 (NVI)

La sanidad generalmente no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso. Algunas heridas necesitarán tiempo, oración, acompañamiento y, en ocasiones, ayuda profesional. Pero, poco a poco, comenzarás a sentir que la mochila pesa menos.

Lo que nos hace fuertes no es haber sufrido, sino el proceso de recuperación: cómo vamos comprendiendo nuestra historia, conociéndonos, descubriendo nuestros recursos y permitiendo que Dios transforme aquello que un día produjo dolor.

El crecimiento comienza cuando podemos reconocer, aunque duela:

“Sí, esto me sucedió”.
“Sí, me lastimó”
“Sí, dejó consecuencias”
Pero no define quién soy, ni determina cómo terminará mi historia.

Hemos sufrido, hemos atravesado el dolor, lo hemos reconocido, lo hemos integrado y, en ese proceso, también hemos cambiado. Tal vez hoy sea un buen momento para preguntarte: ¿qué estoy cargando en mi mochila que ya es demasiado pesado?

Quizás hay un recuerdo que llevas años evitando. Una palabra que todavía duele. Una persona a quien todavía temes recordar. Una experiencia que pensabas que habías superado, pero que continúa influyendo en la manera en que te relacionas contigo mismo, con los demás o incluso con Dios.

No tienes que vaciar toda la mochila hoy. Quizás solamente necesitas abrirla delante del Señor y decirle: “Señor, esto todavía me duele. Ya no quiero seguir cargándolo solo. Ayúdame a sanar”.

Oración
Señor, hoy vengo delante de Ti con mi mochila. Tú sabes cuánto pesa y conoces cada experiencia, cada recuerdo y cada herida que he guardado dentro de ella. Hay cosas que quizás he intentado olvidar porque todavía me producen dolor. Dame valor para mirar mi historia sin quedar atrapado en ella. Muéstrame aquellas heridas que todavía necesitan ser sanadas y permite que tu Espíritu Santo traiga consuelo a los lugares de mi corazón que permanecen heridos.

Ayúdame a reconocer lo que viví, a procesarlo y a comprender que mi pasado forma parte de mi historia, pero no determina mi futuro. Hoy dejo a tus pies aquello que durante tanto tiempo he cargado solo. Ayúdame a renovar mi mente y a caminar cada día con una mochila un poco más liviana. En el nombre de Jesús, amén.

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Liliana Gebel

Liliana Gebel es una reconocida influencer, líder y autora.

Es Asesor en Salud y Nutrición y tiene un Diplomado Plant Based Chef, que la ha ayudado a llevar una vida más saludable. Es también Coach de Vida y ha aplicado...

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