Lunes 30 de Marzo, 2026
La gracia es un don milagroso y admirable; no es algo que nosotros podamos hacer para merecerla. La gracia de Dios se extiende a todos, pero no todos la aceptan.
Hoy en día, la salud mental es de suma importancia y, aunque muchas personas acceden a tratamientos psicológicos, no todos alcanzan el éxito en su proceso. ¿De qué depende esto?
Hay personas que sufren trastornos mentales muy severos. Podemos verlo y entenderlo, pero muchas veces no sabemos por qué algunos logran superar sus traumas y otros no. Por ejemplo, la meningitis es una enfermedad relativamente rara y, aunque el agente que la causa es común, algunos pueden resistirla y otros no. Lo que sí se sabe es que el cuerpo tiene defensas contra ciertos patógenos y, cuando algo se vuelve mortal o intenso, significa que ese mecanismo de defensa ha fallado.
Muchas veces nos enfocamos en los traumas que han marcado nuestras vidas y nos preguntamos: ¿por qué a mí?, ¿por qué Dios lo permitió?, ¿por qué ese abuso?, ¿por qué esa enfermedad?, ¿por qué esa humillación? Todos, de una u otra manera, tenemos historias tristes que contar. Pero, cuando examinamos toda nuestra vida, también encontramos momentos en los que hemos sido librados: de accidentes, de peligros, de noches difíciles. Su protección ha estado presente en tantas cosas.
Haciendo una analogía: cuando encendemos la televisión, es imposible sintonizar dos canales a la vez. Y, aunque tuviéramos dos televisores encendidos, solo podríamos prestar atención a uno. De la misma manera, cuando nos enfocamos únicamente en el trauma, en las vicisitudes de la vida, en las tristezas y el desamparo, se vuelve difícil sintonizar el “canal” de la gracia: los milagros diarios, Su presencia constante, Su cuidado en cada instante.
Hoy en día, la salud mental es un factor muy importante en nuestra sociedad. Antes, quienes acudían al psicólogo eran vistos como débiles o faltos de fe; hoy entendemos que también es parte del cuidado integral que Dios nos permite. Cuando nos ponemos el “traje de buzo” y profundizamos en nuestros pensamientos, sentimientos y en comprendernos a nosotros mismos, llegamos a descubrir nuestra dimensión espiritual. Allí es donde los milagros suceden, donde nuestra vida es transformada y moldeada. Esos cambios no ocurren solamente en una oración antes de dormir o en un servicio dominical; ocurren cuando, de manera intencional, permitimos que Dios profundice en nuestro interior.
Dios es el origen de la gracia. Desarrollar nuestra vida espiritual es difícil y exige esfuerzo, porque nuestra naturaleza humana muchas veces se resiste. Queremos ser transformados, pero sin tanto esfuerzo; queremos que Dios sea el centro de nuestras vidas, pero sin que implique rendirlo todo. Queremos vivir en paz, pero no nos gusta morir a nuestro ego y a nuestro orgullo. Nuestros pensamientos nos llevan de un lugar a otro, como un caballo desbocado, pero no queremos hacer el esfuerzo de “pensar en lo que pensamos”, ni de llevar cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo (2 Corintios 10:5), y así ser transformados mediante la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2). Nos aferramos a viejos mapas mentales y formas de actuar, porque son más fáciles de seguir que hacer los cambios que necesitamos. Pensamos que vivimos en un mundo natural con algunos toques de lo sobrenatural. Pero, cuando sintonizamos el “canal espiritual”, descubrimos que podemos vivir como si todo fuera un milagro en medio de lo cotidiano.
Dios quiere que nos parezcamos a Él. Como dice Efesios 4:13: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.
Él es nuestra meta. Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin.
Somos cristianos, amamos a Dios, pero nos aterra dejarlo todo por Jesús. Queremos dar lo que creemos conveniente, pero entregarlo todo: nuestro ser, corazón y pensamientos, nos parece demasiado. Sin embargo, si creemos en la verdad del evangelio, eso nos llevará a una entrega total. La idea es que Dios ilumine nuestras vidas y nos transforme confrontando directamente nuestra comodidad, nuestro confort y nuestra pereza. La pereza muchas veces se instala en nuestras vidas. No queremos profundizar en nuestro interior porque puede doler. No queremos profundizar en nuestra vida espiritual porque tememos que Dios nos pida todo. Detrás de la pereza, muchas veces hay miedo. Nos resistimos a avanzar, a salir de nuestro lugar seguro, a enfrentar nuestros temores.
Queremos cambiar, crecer, profundizar, pero el miedo nos detiene. Vemos relaciones tóxicas, caminos que no nos acercan a Jesús, pero tememos hacer los cambios necesarios.
Sin embargo, cuando profundizamos en nuestra vida espiritual, nos conocemos más a nosotros mismos. Y es allí donde ocurre la verdadera transformación.
Hoy es el día de acercarnos más a Dios, de profundizar en nuestra relación con Él.
No tengamos temor. Sintonicemos el canal de la gracia, la esperanza y la gratitud.
Te dejo la letra de la canción “Sublime Gracia”; que sea nuestra oración esta semana.
Sublime gracia del Señor,
que a un pecador salvó;
perdido andaba, Él me halló,
su luz me rescató.
Su gracia me enseñó a vencer,
mis dudas disipó.
¡Qué gozo siento en mi ser!
Mi vida Él cambió.
Peligros, lucha y aflicción
los he tenido aquí;
su gracia siempre me libró,
consuelo recibí.
Y cuando en Sión por siglos mil
brillando esté cual sol,
yo cantaré por siempre allí
a Cristo el Salvador… amén.