Lunes 29 de Diciembre, 2025

Muchas veces catalogamos a las personas según sus acciones, dividiéndolas en buenas o malas. Si nos caen bien, van a la lista de “buenos”, y si nos ofenden, a la de “malos”. Sin embargo, este modelo mental dicotómico, solo nos vuelve más rígidos en nuestra manera de pensar.

Las relaciones humanas son mucho más complejas que eso y, cuando dividimos nuestro entorno de esa manera, podemos caer en una trampa: confiar ciegamente en personas que consideramos “buenas” y rechazar a aquellas que etiquetamos como “malas”. Al pensar así, nuestra perspectiva se nubla y dejamos de considerar que nosotros también cometemos errores y que, muchas veces, nuestras acciones están influenciadas por heridas, carencias, miedos y vulnerabilidades.

Cuando Jesús habla con el joven rico, en Marcos 10:18, le dice: “¿Por qué me llamas bueno?… Nadie es bueno sino sólo Dios”. Jesús no está negando su propia bondad, sino confrontando la comprensión superficial del joven sobre lo que realmente significa ser “bueno”. Al afirmar que sólo Dios es bueno, nos recuerda algo profundamente liberador: la bondad perfecta no es una meta humana, sino un atributo divino. Nosotros no somos la fuente de la bondad; somos receptores de Su gracia.

En Romanos 3:10 leemos: “No hay un solo justo, ni siquiera uno” (NVI). Pablo no está diciendo que no existan personas “buenas” en términos humanos, sino que nadie es justo delante de Dios por sus propios méritos. El apóstol no está aplastando a los seres humanos, sino quitándoles una carga imposible: la de tener que justificarse a sí mismos. Vivimos en una cultura que constantemente nos empuja a ser buenos, hacerlo todo bien y no fallar. Muchas veces, esa exigencia no viene de afuera, sino de nuestra propia voz interior.

Es más, podemos caer en el error de creer que una persona es buena porque actúa por amor o protección, cuando en realidad nos está manipulando sin que lo notemos. O alguien puede tener gestos generosos hacia nosotros, pero en el fondo sus intenciones pueden ser egoístas o interesadas. Si nos aferramos a dividir a las personas de esta manera, nos resultará muy difícil abordar nuestras relaciones de forma objetiva y funcional.

Dejemos atrás las etiquetas, ya que, según la Biblia, ninguno es bueno; solo Dios lo es. No observemos a las personas desde el juicio, sino desde la comprensión, porque ninguno de nosotros es bueno todo el tiempo ni completamente malo.

No se trata de justificar cuando alguien hace algo que nos lastima, sino de analizar a la persona a través de los ojos espirituales. Tampoco implica tolerar el maltrato o el engaño, sino mirar más allá y reconocer las motivaciones que hay detrás de las acciones de los demás. De ese modo, podremos responder de forma más asertiva, sin tomarlo como algo personal, sino comprendiendo el dolor que quizá esa persona está arrastrando. Cuando dejamos de clasificar a las personas, comenzamos a mirarlas con mayor claridad y discernimiento. Comprender no significa justificar, ni poner límites implica falta de amor. Significa aprender a responder desde la verdad y no desde la herida.

Así aprenderemos a soltar el miedo y la desconfianza, sin depender del trato que recibimos ni de las circunstancias externas, y podremos construir relaciones más genuinas. La verdadera libertad no nace de alejarnos de los demás ni de protegernos detrás de etiquetas, sino de vivir desde una identidad firme en Cristo. Cuando sabemos quiénes somos en Él, ya no necesitamos juzgar para sentirnos seguros ni defendernos de todo para tener control. Podemos relacionarnos con sabiduría, compasión y límites sanos, confiando en que sólo Dios es bueno y que su gracia es la que nos sostiene.

Oración
Señor, hoy renuncio a las etiquetas con las que juzgo a los demás y a mí mismo. Reconozco que solo Tú eres bueno, justo y perfecto. Limpia mis ojos, ordena mi corazón y ayúdame a ver a las personas con discernimiento y compasión. Dame sabiduría para no vivir desde el engaño ni desde el miedo. Que mis relaciones no estén guiadas por la desconfianza, sino por la seguridad de saber quién soy en Ti. Descanso en tu gracia, porque no necesito justificarme, solo confiar. En tu maravilloso nombre, amén.

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Liliana Gebel

Liliana Gebel es una reconocida influencer, líder y autora.

Es Asesor en Salud y Nutrición y tiene un Diplomado Plant Based Chef, que la ha ayudado a llevar una vida más saludable. Es también Coach de Vida y ha aplicado...

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